Pocos días atrás tomé la decisión de comprar un celular inteligente. Uno de esos smartphones. Me moría de las ganas de tener un celular de esos porque siempre tuve los básicos, los que sí podía navegar por internet y hasta bajar alguna "app" por ahí y todo. Y me divertía y todo lo demás, pero había una vocecita interior que me decía que por mucho divertimento y todo, como que al final del día terminaba siendo yo nada más. Me es más importante concentrarme en mí (y en algunos y algunas que me rodean) que en el smartphone en cuestión o cualquier otro artilugio eléctrico. Un buen libro y una taza de café caliente para estas noches frías de verano, jamás caerán mal.
Sin embargo ando medio atada a esta laptop y mi internet portátil.Porque sino cómo te cuento, ni podría estar escribiendo estas líneas ni menos publicándolas, justo, en la Internet. Y aunque no soy de feizbukear todo lo que hago, hoy coloqué algo en mi estado que decía que estaba con celular inteligente pero sin juatsapp ni féizbuk. Y alguien por ahí comentó cómo podría yo vivir sin esas dos apps. Y bueno, viviendo nomás pues, supuse. Al final, menos mal, digo yo, nací junto con el Atari y el Pac Man y los vídeo juegos hechos con la tortuguita, ya tú sabes, esa del "logo". El DOS era la voz en lenguaje de programación - y aún lo sigue siendo- pero eran los primeros pasos para una realidad tecnológica que hoy muy pocos tenemos la necesidad de escapar. Al menos por gran parte del día.
Si bien es cierto la computadora desde donde estoy escribiendo esto, algo de nueva tecnología tiene, tampoco es que me ate a ella a muerte. Menos mal. Y es que andar pendiente de una larga lista de cosas como tu mail, tu inbox, tu juatsapp, tu láin, tu instagram y un largo etcétera le quita el encanto a la vida, creo yo.
Escribo desde mi casa en el balneario de mi infancia. Balneario que desde hace 38 años me cobija y es la segunda o tercera vez en mi vida que recuerdo tener servicio de agua potable por más de 4 horas, partidas eso sí, dos en la mañana y dos más por la tarde. Este balneario que hace un huevo de tiempo era para descansar y no andar escuchando 25 cuatri motos último modelo, pero que aún con todo, te mantiene con el cable a tierra y te recuerda el dictado de la pacha mamma: la vida con sentido somos nosotros y ella, nadie más, nadie menos.
miércoles, 12 de febrero de 2014
martes, 11 de febrero de 2014
La forma de mis palabras
En más de una ocasión he tenido que tragarme mis palabras. Y no porque las considere yo inoportunas, sino mas bien porque los demás las consideran así. Creo que hablo con franqueza, a veces demasiada, según parece. Y la inmensa mayoría de las personas no está preparada para escuchar las cosas de manera tan frontal.
La frase -odiosa para ,mí- "hay maneras y formas de decir las cosas" no tiene mucho sentido que digamos. Las cosas se dicen de una buena vez, claras, sencillas y con buen castellano. No hay mejor manera de comunicación que soltar las cosas sin anestesia. En ocasiones especiales, como comunicar la muerte de un ser querido, un silencio y pocas palabras lo dicen todo. Y a veces ni es necesario hablar para transmitir el pesar. Pero son excepciones.
Últimamente he tenido que disculparme por decir lo que pienso. Por la "forma" en que lo hago. Porque se me "percibe" de una manera y yo quiero transmitir otra. Hace un par meses enfermé de ciática, por purito estrés. Una amiga me dijo, curiosamente, que yo me enfermaba por callarme las cosas. Y razón no le faltaba. Si en verdad dijera todo lo que pienso y siento por mucha gente, rato debería ser la primera habitante de Marte sin pasaje de retorno.
Como sea, realmente pienso que una sociedad avanza sin tantos formalismos, menos en su comunicación. Los ingleses, por ejemplo. O mi abuelo, de ascendecia española. Jamás necesitó decir una sola palabra para hacernos saber lo que pensaba o sentía sobre algo o alguien. Esa comunicación no verbal tan clara y directa. Ojalá y algún día apuntemos a eso.
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